El libro lleva abierto media hora. Has leído la misma página, contestado un mensaje, buscado una palabra y recordado la nevera vacía. Entonces aparece la frase: a mi edad ya debería saber qué hacer con mi vida.
Tienes una idea y, al hablar de ella con la persona adecuada, te cambia la cara. Se te ocurren detalles, posibilidades, cosas que te gustaría aprender. Después llegan los gastos, el tiempo que falta, el miedo a parecer ingenua. La idea vuelve al cajón, pero de vez en cuando se hace escuchar.
La puerta está cerrada. La discusión terminó, al menos en voz alta. Por dentro sigues repitiéndola: aquella frase que no querías decir, el tono, el silencio posterior. «Estaba cansada» puede ser verdad. Pero no borra lo ocurrido. Puedes llevar a Dios también este momento poco presentable, con la misma sinceridad que cualquier otra parte de tu día.
La pizza está encima de una caja. Has encontrado dos platos, pero las tazas acabaron en otra donde escribiste «varios»: una palabra que ahora te parece poco alentadora. La casa nueva es preciosa y extraña. Hasta los ruidos tienen otra voz.
¿Has puesto el cargador? ¿El documento está en el bolsillo correcto? La maleta sigue abierta sobre la cama y siempre falta algo, aunque lo hayas comprobado todo. Mientras tanto piensas en quien irá a buscarte, en quien saludarás antes de salir, en una conversación para la que quizá tengas tiempo por fin.
En el grupo familiar deciden a qué hora reunirse. Tú compruebas el turno. Ya sabes que llegarás tarde o que esta vez no estarás. Preparas las cosas para salir mientras los demás pueden seguir durmiendo. No tienes por qué estar triste: quizá te encanta tu trabajo. Pero hoy también deseas una fiesta entera para ti.
El móvil se ilumina temprano. El primer mensaje llegó a medianoche; otro lleva una foto que esperabas que hubiera desaparecido para siempre. Alguien llama mientras desayunas. Hay quien recuerda la fecha sin un aviso y te hace sentir, con poquísimas palabras, que piensa en ti.
La ropa está en la silla desde antes de cenar. Has comprobado el horario, el recorrido y cuánto margen dejar para un imprevisto. Te has dicho que ya basta de darle vueltas. Diez minutos después vuelves a buscar la dirección, como si pudiera haberse cambiado durante la noche.
Te sale decir su nombre cuando pasa algo gracioso. Cuando pasas por un lugar que conocíais. Cuando una noticia te hace pensar que habrías sabido enseguida a quién llamar. A veces lo pronuncias de verdad, casi antes de darte cuenta.
Lo has escrito todo, incluida esa frase que sabes dónde dolerá. Has puesto un punto, borrado un emoticono y vuelto a leer. Una parte piensa que por fin te entenderá. Otra sabe que enseguida comprobarás si lo ha leído.
El mensaje comienza con "Lo siento." Justo después, sin embargo, ya estás preparando una explicación. Una oración original para reconocer su parte y buscar un gesto de reparación.
Algo para calentar, dos platos para tomar, el día aún está sobre nosotros. Una oración original para sentarse a la mesa con un poco de gratitud y espacio para los demás.
Su cumpleaños sigue en el teléfono. Antes la habrías llamado enseguida. Hoy puedes confiar a Dios el bien que has querido y lo que sigue siendo difícil.