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EVANGELIO Y VIDA

¿AMAR A TUS ENEMIGOS? ¡JESÚS LO DIJO DE VERDAD!

Del Evangelio a la visita de Juan Pablo II a Rebibbia: perdón, responsabilidad y un amor que no exige fingir.

Una Biblia abierta en una iglesia

El 27 de diciembre de 1983, Juan Pablo II encontró en Rebibbia al hombre que había atentado contra él. Ante los presos confirmó que había reiterado su perdón. No contó cada palabra de la conversación. El hecho fue público: la visita tuvo lugar en una cárcel, donde el delito y la pena seguían siendo reales.

¿Jesús lo dijo de verdad?

«Amen a sus enemigos»: las palabras aparecen en Mateo y Lucas. Mateo las sitúa en el sermón del monte, después de las Bienaventuranzas; Lucas las acompaña con acciones: hacer el bien, bendecir y rezar. No se dirigen únicamente al amigo que corresponde. Hablan precisamente de la persona ante la que resultaría más fácil devolver la ofensa. La dificultad forma parte de la propuesta.

El sol no elige quién lo merece

En Mateo, Jesús recuerda el sol y la lluvia que el Padre concede también a quienes hacen el mal. La imagen desplaza la pregunta: además de lo que esa persona me hizo, importa qué decido hacer yo. Es una lectura del pasaje, no una promesa de que un gesto bueno transforme inmediatamente al otro. El texto no garantiza resultados ni permite controlar su respuesta.

Lucas pone el amor en los verbos

Lucas vincula el amor con la conducta hacia quienes odian, maldicen o maltratan, y termina tomando la misericordia del Padre como referencia. No es una orden de sentir simpatía. En el pasaje, el amor toma forma de acción. Una reflexión posible para la vida cotidiana es distinguir la reacción que sentimos de la respuesta que elegimos: no tienen por qué coincidir.

Responder al mal no significa permitirlo

En el Ángelus del 18 de febrero de 2007, Benedicto XVI explicó el pasaje como una respuesta a la violencia que interrumpe la cadena de injusticia. Distinguió la no violencia cristiana de rendirse al mal. La diferencia importa: ofrecer la otra mejilla no puede convertirse en un lema para exigir silencio a quien sufre. Rechazar la venganza no vuelve irrelevante el daño.

Perdonar no borra la memoria

El Catecismo, en el número 2843, reconoce que no podemos ordenarnos dejar de sentir o recordar una ofensa. Habla del corazón y de la oración. Para quien sigue herida, la distinción importa: una página del Evangelio no es un cronómetro que mida cuánto tarda en sentirse bien. No hace falta fingir una serenidad inexistente.

La misma tradición católica protege la vida y reconoce la legítima defensa en los números 2263–2265. Perdón, confianza y reconciliación son conceptos distintos: diferenciarlos ayuda a no confundir un recorrido personal con retomar una relación. Este artículo nunca debe utilizarse para imponer contactos peligrosos ni silencio sobre la violencia. Profundiza en el Evangelio; no decide las circunstancias particulares de una lectora.

Volvamos a aquella visita

En su homilía en Rebibbia, Juan Pablo II insistió en la dignidad de las personas detenidas, el respeto de sus derechos y la posibilidad de conversión. Encontrar a su agresor no borró la realidad de la cárcel. La historia conserva fuerza porque acerca dos realidades que solemos separar: la gravedad de una ofensa y la posibilidad de no dejar a la venganza la última palabra.

Para leer con calma, abre Mateo 5,43–48 y Lucas 6,27–36 mediante los enlaces de abajo. Detente en un verbo, una pregunta o un punto difícil, en lugar de buscar una frase aplicable a todo. El gesto de hoy puede ser una oración sincera: nombrar la herida ante Dios, sin adornarla, y preguntar qué respuesta es posible. Una pregunta verdadera basta para empezar.

FUENTES Y LECTURAS

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