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¡JESÚS, QUÉ REVOLUCIÓN!

Jesús vuelca las mesas. Pero ¿de qué templo está hablando?

Las monedas de los cambistas caen al suelo. Jesús vuelca sus mesas y dice a quienes venden palomas que se las lleven. Luego le piden una señal que justifique lo que acaba de hacer. Habla de un templo que levantará en tres días. Quienes tiene delante piensan en el edificio: cuarenta y seis años para construirlo, ¿y tres días para levantarlo? Ahí Juan nos dice dónde mirar: Jesús está hablando de su propio cuerpo.

Fachada de la basílica de San Juan de Letrán, en Roma

Es el giro más bonito de la escena, porque cambia lo que tenemos delante. Un momento antes veíamos animales, mesas y gente que había ido a Jerusalén para la Pascua. Ahora el centro del relato es la persona que está hablando. Y mientras quienes lo escuchan calculan cuánto duraron las obras, Jesús ya está hablando de su muerte y su resurrección.

¿Por qué Jesús expulsa a los mercaderes?

Juan cuenta que Jesús sube a Jerusalén para la Pascua. En el templo encuentra a quienes venden bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados a sus mesas. Lo que les dice a los vendedores de palomas explica su reacción: la casa de su Padre se ha convertido en un mercado. La llama así, la casa de su Padre. En medio de tanto movimiento, recuerda para qué está aquel lugar.

Si la contamos deprisa, podemos quedarnos en el momento que más ruido hace. Las mesas volcadas son fáciles de recordar. Pero Juan da espacio a una segunda pregunta: ¿qué señal ofrece Jesús para justificar lo que ha hecho? Ahí el relato cambia de rumbo. Quienes le hablan esperan una respuesta sobre lo que está pasando en el templo. Jesús les da una que se entenderá a partir de lo que le sucederá a él.

El número cuarenta y seis hace que casi podamos ver el malentendido. Es fácil imaginar a alguien señalando los muros: mira todo lo que costó levantarlos. Con el edificio delante, hablar de sus paredes es lo más natural del mundo. Juan nos deja ver algo que quienes estaban allí no habían comprendido: el templo del que habla Jesús es su cuerpo. Los tres días remiten a la Pascua. Una escena que parecía referirse al uso de un espacio dice ahora dónde se encuentra con Dios quien cree en él: en Jesús.

Los discípulos lo entienden después

Hay algo amable en cómo Juan cuenta lo que hacen los discípulos. No los pone a asentir como si ya lo hubieran entendido todo. Dice que, después de que Jesús resucitó, recordaron lo que había dicho. Entonces creyeron en la Escritura y en sus palabras. La Pascua les permitió volver a una frase que habían oído antes y entenderla.

Hay palabras que se nos quedan aunque en el momento no sepamos qué hacer con ellas. Volvemos a escucharlas por dentro cuando pasa algo que nos permite entenderlas de otra manera. Aquí el Evangelio cuenta una experiencia concreta: la resurrección ilumina lo que habían oído los discípulos. También por eso me gusta esta escena: Juan se toma el tiempo de contar cuánto tardaron en comprender.

¿Por qué se lee este evangelio el 9 de noviembre?

El 9 de noviembre la liturgia romana celebra la Dedicación de la Basílica de Letrán. Dedicar una iglesia es consagrarla al culto de Dios. La fiesta recuerda la dedicación de San Juan de Letrán, la catedral de Roma. Allí está la cátedra del obispo de Roma, el Papa. Por eso su fiesta se celebra también lejos de Roma, en iglesias que tienen otra historia y otro aspecto.

Puede parecer una elección curiosa: en una fiesta que recuerda una basílica, leemos que Jesús vuelca las mesas en el templo de Jerusalén. La clave está en lo que dice de su cuerpo. En esa misma fiesta, Benedicto XVI explicó que la iglesia de piedra es un signo de la comunidad cristiana, que tiene a Cristo como fundamento. Las paredes guardan un lugar donde la gente se reúne para rezar, escuchar el Evangelio y celebrar la eucaristía. La lectura devuelve la atención a quien da sentido a ese encuentro.

En la misa del 9 de noviembre también se puede leer un pasaje de la primera carta a los Corintios. Pablo recurre a la imagen de un edificio para hablar de la comunidad. El Espíritu de Dios habita en las personas a las que se dirige, y Cristo es el fundamento. Las dos lecturas dan dos pasos que van juntos: Juan nos lleva al cuerpo de Jesús y Pablo nos invita a mirar a quienes construyen su vida sobre él.

Quizá en tu iglesia hay un banco donde te sientas casi siempre o una puerta que reconocerías por el ruido que hace al cerrarse. Un lugar así de familiar también puede ayudarte a escuchar esta página de nuevo. El 9 de noviembre, cuando la lectura llegue a los cuarenta y seis años, quédate un momento con esa gente que mira los muros. Después escucha cómo cambia la escena: Juan nos pide que miremos a Jesús.

FUENTES Y LECTURAS

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