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¡¡SANTOS CIELOS!

TENÍA MIEDO AL AGUA. CABRINI CRUZÓ EL OCÉANO.

Ya has abierto esa página tres veces. El curso empieza dentro de un mes, la candidatura vence el viernes, el proyecto incluso tiene nombre. Después llegas al punto en que hay que hacer algo concreto y lo cierras todo. Quizá mañana. Cuando te sientas más preparada, más tranquila, más capaz de afrontar lo que todavía desconoces.

Retrato histórico de santa Francisca Javiera Cabrini, con aureola en la reproducción

A veces el problema está precisamente en esa espera: pensamos que el miedo debe desaparecer antes del primer paso. La historia de Francisca Javiera Cabrini permite entrever otra posibilidad. Esta santa, tan vinculada a viajes y migraciones, tenía miedo al agua. Un detalle que cambia de dimensión cuando descubres que cruzó el océano diecinueve veces.

El detalle que la acerca

Al hablar de Cabrini el 9 de julio de 1946, Pío XII recordó un accidente infantil y el miedo al agua que dejó, junto a sus numerosas travesías. El miedo y el viaje pertenecieron a la misma vida. El valor no esperó a que desapareciera el temor.

Es fácil sentir lejos a los santos cuando los imaginamos siempre preparados, seguros, dotados de una energía que a nosotras nos falta. Aquí podemos detenernos en algo menos monumental: una mujer que tenía motivos concretos para temer una partida y que también encontró razones importantes para partir.

Cabrini nació en Sant’Angelo Lodigiano en 1850 y murió en Chicago en 1917. Al rendirle homenaje en junio de 2026, León XIV la recordó como patrona de los migrantes. Son coordenadas útiles para comprender la amplitud de su camino. Pero la pregunta que llevamos a casa cabe dentro de un lunes cualquiera: ¿qué estoy esperando dejar de sentir antes de empezar?

Cuando el miedo también organiza la agenda

Puede ocurrir al retomar los estudios de adulta, hacer una llamada de trabajo o plantearse vivir en otro lugar. El deseo sigue ahí, rodeado de aplazamientos muy razonables. Después de las fiestas. Cuando lo tenga todo resuelto. Cuando alguien me asegure que saldrá bien.

Nadie puede prometer ese final. Y la historia de una santa no debería convertirse en una forma elegante de presionarnos. Algunos miedos señalan un peligro real; otros necesitan tiempo, información o ayuda profesional. No todas las partidas son convenientes. Detenerse también puede ser una decisión responsable.

Podemos intentar distinguir. ¿Cuál es el riesgo concreto? ¿Qué parte puedo preparar? ¿A quién puedo pedir una opinión útil? Una pregunta precisa suele ayudar más que la orden de ser valiente. Si debo presentar una propuesta, alguien puede leerla antes. Si quiero matricularme, puedo conocer los gastos y el compromiso. El paso se mide según la vida que tengo, incluidos sus límites.

La fe también entra en la preparación

Para una creyente, rezar sobre una decisión significa poner ante Dios tanto el deseo como aquello que lo hace difícil. Podemos pedir luz, escuchar un consejo y valorar las consecuencias para quienes comparten nuestra vida. La confianza también toma forma en estos gestos cotidianos, poco espectaculares y muy concretos.

En la historia de Cabrini, la misión orienta los viajes. Había personas que conocer, necesidades a las que responder, obras que construir. Esa perspectiva transforma nuestra pregunta. Además de preguntarme si soy suficientemente capaz, puedo pensar a qué quiero dedicar mis capacidades, con quién y para qué bien.

Los imprevistos seguirán llegando. Reconocer el motivo de un proyecto ayuda a comprender por qué intentarlo puede merecer el esfuerzo. También deja espacio a una verdad incómoda: incluso una decisión meditada puede salir de manera distinta a la imaginada. La oración acompaña ese momento en que hace falta corregir el rumbo.

Tu océano puede tener dimensiones normales

Quizá hoy no hay un barco que tomar. Hay un formulario que rellenar, media hora de estudio, una primera conversación que concertar. Puedes elegir una acción pequeña y reversible, lo bastante concreta para sacar el proyecto de la carpeta de favoritos.

Si descubres que ese camino no es para ti, habrás aprendido algo. Si necesitas más tiempo, podrás reconocerlo sin insultarte. El valor de tu vida no depende de la rapidez con que superes un miedo.

También importa elegir compañía. Una persona que escucha sin ridiculizar el temor puede ayudar más que diez ánimos apresurados. Puedes pedirle algo preciso: revisar los pasos, acompañarte al primer encuentro, hablar después. Aceptar apoyo permite ejercer la valentía dentro de una relación, con alguien que conoce también tu parte menos segura.

Ese detalle documentado de Cabrini nos deja un espacio valioso: podemos desear algo bueno y sentirnos intimidadas al mismo tiempo. Podemos rezar con voz insegura. Podemos pedir compañía. Y podemos empezar con un gesto que, contado a otros, parecería diminuto. Para nosotras, entretanto, podría ser ya una partida.

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