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SAN FELIPE NERI: ¡LA FE TAMBIÉN SABE REÍR!

Puedes amar a Dios, tomar la vida en serio y tener un gran deseo de reír. Con Felipe Neri entramos en una espiritualidad hecha también de amistad, encuentros y juego.

Estatua de San Felipe Neri en el recinto de la Santísima Trinidad en Volano, Trentino. Fotografía del 5 septiembre 2026.

La risa se te escapa en el peor momento posible. Cruza la mirada de una amiga y tienes que bajar los ojos, porque las dos sabéis que es suficiente un segundo para empezar de nuevo. Entonces te reconcilias. ¿Es posible que no pueda ser serio aquí?

A veces imaginamos la fe como un lugar para entrar después de bajar el volumen de nuestra personalidad. Fuera los chistes, lejos del entusiasmo, lejos de esa manera un poco gracioso de contar las cosas. Como si la profundidad siempre tuviera la cara pensativa.

San Felipe Neri nos acompaña hacia una pregunta más interesante: ¿qué puede nacer cuando una comunidad de creyentes también sabe estar bien juntos? La respuesta se refiere a cómo acogemos, escuchamos y dejamos respirar a la gente.

Una amistad que abría la puerta

En el mensaje del 26 mayo 2015, escrito para el quinto centenario de su nacimiento, el Papa Francisco recuerda el calor humano de Felipe Neri, su alegría y amistad como camino del encuentro con Cristo. Cuenta una espiritualidad en la que encontraban lugar el juego y la oración compartida, junto con una seria formación cristiana.

El Oratorio incluía escucha de la Palabra, sacramentos y caridad. La sonrisa, pues, pertenecía a una experiencia de fe concreta. No era una adición para hacer algo más agradable que debajo de él seguía siendo extraño a la vida.

Este tramo de Felipe puede hablar a nuestras comunidades: ¿cómo se siente una persona que entra por primera vez? ¿Encuentra a alguien que le pregunte su nombre? ¿Entiende dónde sentarse? ¿ Puede usted hacer una pregunta sin temer una respuesta molesta?

El buen humor también comienza por cómo te sientas

Imagina una cena en la parroquia. Hay quien se conoce desde hace años, quien siempre tiene el chiste listo y quien llega sola. Es fácil continuar la conversación de siempre y dejar la nueva llegada con el vaso en la mano, a la espera de entender cómo encajar.

Un gesto puede cambiar ese momento: presentarla, mover una silla, explicar un chiste que de otro modo entenderían solamente a amigos históricos. El clima gozoso también se construye así, haciendo que otros puedan participar.

Esto no requiere ser expansivo al mando. Incluso el que habla poco puede acoger con atención. Una sonrisa sincera, una pregunta sencilla y el tiempo para escuchar la respuesta pueden hacer menos difícil sentirse nuevas.

Reírse juntos sin elegir una víctima

No todas las risas hacen lo mismo. Hay chistes que se acercan y otros que necesitan a alguien para avergonzarse. Una persona se ríe con el grupo, pero tal vez sólo está tratando de no mostrarse herida.

La pregunta útil es concreta: si el tema del chiste estuviera aquí, ¿podría sentirse respetado? Y si ya está aquí, ¿de verdad tiene la libertad de decir que no le agrada? El hecho de que un chiste siempre haya funcionado no nos obliga a seguir usándola.

Usted puede ser espiritual sin comentar el cuerpo, el acento o la fragilidad de alguien. También se puede reconocer que se ha exagerado y cambiado de registro. La alegría de una reunión se hace más libre cuando nadie tiene que defenderse para permanecer en el grupo.

¿Y cuando te ríes no quieres?

Hay días en los que la idea de tener una fiesta cansada incluso antes de salir. No tienes que medir tu fe de la disposición a sonreír. La alegría cristiana puede convivir con la fatiga; no coincide con una emoción que debe mantenerse siempre alta.

En una comunidad capaz de amarte, puedes llegar en silencio. Puedes decir que hoy prefieres escuchar. Puedes reírte durante diez minutos y luego volver triste sin engañar a nadie: una noche contiene más de un sentimiento.

La reflexión que proponemos a partir de Felipe Neri se refiere precisamente a esta posibilidad: construir lugares en los que la fe haga a las personas más disponibles para encontrarse, cada una con la jornada que ha vivido. Una fiesta se vuelve hospitalaria cuando sabe respetar también a los que permanecen un poco al margen.

Algo hermoso para hacer.

Podrías proponer un paseo, un almuerzo sencillo, un juego de equipo o una tarde de música. Antes de pensar en el efecto especial, mira quién podría participar y lo que haría el encuentro accesible: horarios, costes, desplazamientos, la posibilidad de sentarse.

Si lo organizas en un contexto de fe, puedes dejar espacio para una oración breve, comprensible, sin convertir cada conversación en una lección. La gente también necesita tiempo para conocerse y contarse.

Quizás vuelvas a casa con un chiste y un nombre aprendido. Quizás alguien que temía sentirse fuera de lugar quiera volver. La sonrisa habrá hecho algo muy concreto: habrá abierto una puerta a una reunión.

San Felipe Neri en el Calendario de los Santos

FUENTES Y LECTURAS

Créditos fotográficos

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