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DIOS, ¿ME OYES?

DIOS, HACE MUCHO QUE NO HABLO CONTIGO.

No habías pensado entrar. La puerta de la iglesia estaba abierta, fuera había ruido y te detuviste. Ahora estás sentada, con el bolso sobre las rodillas, sin saber bien qué decir. Recuerdas una oración de niña, pero parece lejana. Al final solo encuentras esta frase: Dios, hace mucho que no hablo contigo.

Bancos y vidrieras de una iglesia fotografiados por Jez Timms. Imagen de contexto para volver a rezar.

También podría suceder en la cocina, en el coche o ante una ventana. Las ganas de rezar no siempre llegan donde habías previsto. A veces son un pensamiento diminuto: ¿y si volviera a empezar? Después llegan otros. ¿Seré capaz? ¿Será sincero si aparece justo ahora? ¿Debo explicar todo el tiempo pasado? Puedes permitirte comenzar sin responder primero a cada pregunta.

La primera frase puede ser la verdadera

Si llevas mucho sin rezar, quizá sientas que debes recuperar palabras, costumbres e incluso un tono de voz. Pero un diálogo no necesita empezar con un discurso perfecto. Puedes contar dónde estás y por qué te has detenido. También cabe la incertidumbre: todavía no sé bien qué creo, pero querría saber si puedo hablarte otra vez.

Esta posibilidad no elimina las preguntas sobre la fe. Las toma en serio. Quizá te alejaste por distracción, por una herida o porque algunas respuestas ya no bastaban. Ninguna de esas historias tiene que resolverse dentro de una fórmula general. Busca a alguien capaz de escuchar sin apresurar conclusiones ni atribuirte motivos que no has contado.

El Padre que sale al encuentro

En Lucas 15 Jesús cuenta la parábola de un padre y sus dos hijos. Cuando vuelve el menor, el padre sale a recibirlo. El relato contiene distancia, decisiones, arrepentimiento, fiesta y la dificultad del hermano mayor. No es solo una imagen sentimental: nos coloca ante la misericordia y las reacciones que provoca incluso en quien cree haberse quedado siempre.

Podemos leerla sin obligarnos a coincidir en cada detalle con un personaje. Nuestra historia no es automáticamente la suya. Pero el movimiento del padre puede interrogar la imagen de Dios que llevamos dentro. ¿Lo imaginas ante todo como alguien de quien esconderte, o puedes dejar abierta la posibilidad de ser acogida? La pregunta merece tiempo, especialmente si confiar se volvió difícil.

Volver no significa repetir un camino idéntico

Las palabras que ayudaban a los doce años quizá ya no bastan. Eso no vuelve inútil lo recibido entonces. Puedes regresar con preguntas adultas, buscar el significado de una oración, leer un pasaje con más atención. Una fe reencontrada puede incluir conocimiento paciente, diálogo y revisión de aquello que habías comprendido solo en parte.

No tienes que anunciar inmediatamente este intento. Puedes guardarlo mientras toma forma o compartirlo con alguien de confianza. A unas personas les resultará natural hablar; otras sentirán mayor incomodidad. Tu comienzo no debe competir con el relato de quien vivió un cambio repentino. Algunos caminos se descubren poco a poco en jornadas que desde fuera parecen iguales.

Un encuentro, una página, una pregunta

Podrías comenzar por Lucas 15 y leer la parábola despacio. Detenerte en un detalle, anotar una pregunta, volver mañana. O buscar una iglesia abierta y quedarte unos minutos. Son propuestas posibles, no una secuencia que ejecutar correctamente. Si un gesto no ayuda, puedes hablarlo y buscar otra forma de acercarte a la oración.

Si deseas retomar también la vida sacramental, un sacerdote puede acompañarte para comprender el paso adecuado a tu situación. La Confesión pertenece al camino de reconciliación de la Iglesia; una conversación inicial ayuda si no sabes por dónde empezar. Puedes decir sencillamente que ha pasado tiempo y necesitas orientación, sin conocer ya cada palabra.

Cuando la distancia nace de una herida

Hay alejamientos vinculados a experiencias dolorosas en ambientes eclesiales. Volver a la oración no obliga a confiar de nuevo en quien o donde te hicieron daño. La confianza necesita condiciones concretas. Si hubo abusos o violencia, buscar protección, verdad y responsabilidades conserva todo su valor también dentro de un camino de fe.

No se te pide convertir lo ocurrido en algo edificante. Puedes elegir otros interlocutores competentes, mantener límites y buscar apoyo. Una oración no sustituye esos pasos. Puede acompañarlos si deseas, incluso con palabras vacilantes. Tu historia merece escucha en su realidad, aunque no conduzca enseguida a una paz fácil de contar a los demás.

Dios, hoy estoy aquí

Quizá salgas de la iglesia sin sentir nada particular. Quizá más ligera, o con la misma pregunta. No hace falta convertir cada emoción en prueba del resultado. Tu gesto conserva sentido: te detuviste, dirigiste una palabra, dejaste una rendija. Podrás volver con libertad y con la ayuda necesaria.

El bolso sigue sobre las rodillas; quizá ha vibrado el móvil. Antes de levantarte puedes dejar una frase sencilla: Señor, no sé bien cómo volver a empezar; hoy estoy aquí. Es una propuesta de oración, no una cita evangélica. No promete cerrar todo el pasado. Ofrece un comienzo lo bastante pequeño para ser verdadero en la jornada concreta que estás viviendo.

FUENTES Y LECTURAS

Créditos fotográficos

¿OTRA HISTORIA?