DIOS, HOY SOLO TE BUSCO PARA CONTARTE ALGO BONITO.
La noticia llegó mientras hacías otra cosa. Releíste el mensaje, sonreíste al teléfono y buscaste enseguida el nombre de alguien a quien contárselo. Quizá llevabas semanas esperando aquella respuesta. O quizá es algo pequeño que hoy te ha llenado de alegría.

También puedes contárselo a Dios. Así, sin preparar un discurso. Sin añadir necesariamente una preocupación que justifique mejor esta llamada espiritual. Puedes buscarlo porque estás contenta y deseas compartir con él este pedazo del día.
La oración también conoce el entusiasmo
A veces relacionamos la oración sobre todo con una necesidad: un examen, un tratamiento, una decisión. Nos dirigimos a Dios cuando falta algo y, en cuanto la vida nos da un respiro, nos parece que tenemos poco que decir.
No es una razón para volver a reprocharnos nada. Puede ser la ocasión de ampliar la confianza. Las relaciones que queremos también incluyen relatos solo aparentemente inútiles: algo gracioso, un encuentro bonito, un pequeño éxito que apetece nombrar.
Al rezar no informamos a Dios de algo que se le haya escapado. Le abrimos nuestra vida. Y en ella también están los días en que volvemos a casa con más ligereza de la esperada.
Volver para dar las gracias
En el Evangelio de Lucas, diez hombres con lepra encuentran a Jesús y quedan limpios mientras van a presentarse a los sacerdotes. Uno vuelve alabando a Dios y dando las gracias a Jesús. Es un samaritano.
En la catequesis del 30 de diciembre de 2020, Francisco retoma este episodio para hablar del agradecimiento. Dar las gracias reconoce un don y abre una relación con quien lo ha hecho posible. No reduce todo a una actuación cuyo mérito nos atribuimos en exclusiva.
Eso no borra tu esfuerzo. Puedes sentir orgullo por haber estudiado, trabajado y encontrado valor para intentarlo. La gratitud puede abarcar precisamente ese camino: las fuerzas recibidas, alguien que te ayudó, la posibilidad de empezar otra vez.
Una buena noticia no demuestra que seas más amada
Cuando algo sale bien podemos interpretarlo espontáneamente como una señal de favor especial. Pero el éxito no es una clasificación del amor de Dios. Quien hoy no recibe la respuesta esperada no es menos escuchado ni menos digno.
Agradecer no exige explicar la vida entera. Puedes alegrarte por una oportunidad sin concluir que cada puerta cerrada fue un castigo. Puedes estar contenta y seguir llevando preguntas que todavía no han encontrado paz.
Tu alegría no tiene que convertirse en una demostración para los demás. Puede seguir siendo algo sencillo, contado con discreción. Y puede hacerte más atenta a la alegría ajena, aunque llegue de una forma distinta de la que deseabas para ti.
¿Cómo se le cuenta a Dios algo bonito?
Puedes usar tus palabras. Decir que has tenido miedo y que ahora respiras. Nombrar a quienes quieres agradecer. Detenerte unos instantes antes de pasar a la siguiente tarea.
Si compartes el día con alguien, las gracias pueden continuar fuera de la oración: una llamada a quien te apoyó, un mensaje a quien creyó en ti, un gesto de atención. La relación con Dios también atraviesa esos pasos.
No hace falta alargar el momento hasta que parezca solemne. Puede durar lo que una sonrisa junto a la ventana. Dios, hoy ha pasado algo bonito. Tenía ganas de contártelo. Después puedes volver al día con el gusto de no haberlo dejado pasar sin darte cuenta.


