María, la mujer más poderosa del mundo, es nuestra madre
Nos consuela cuando estamos tristes, nos abraza en la oscuridad y comparte nuestra alegría en la luz. La fuerza de María nace de un amor que nos alcanza en todas partes. El Rosario nos ofrece una oración que nos acompaña también en las batallas más difíciles.

Hace unos veinte años tuve un sueño.
Estaba en casa y una nube negra me perseguía. Corría hacia la puerta; quería abrirla y marcharme. Entonces una voz dulce y amable me dijo: «Tienes que rezar el avemaría».
Lo recé. Y la nube desapareció.
Veinte años después, todavía recuerdo aquellas palabras. Sobre todo, recuerdo cómo fueron pronunciadas: con dulzura. En aquel momento de miedo, una voz amable me indicaba el avemaría.
Es un recuerdo personal que guardo con cariño. Y hoy quiero partir de ahí para hablar de ella.
Porque María entra en nuestra vida también en lo más íntimo, en aquello que nos cuesta contar. En la necesidad de sentirnos protegidos. En las lágrimas que solo dejamos salir cuando estamos a solas. En la felicidad que querríamos compartir enseguida con alguien que nos quiere.
María es nuestra madre.
Con ella podemos dejar de intentar sostenerlo todo. Podemos llegar cansados, confundidos, con el corazón lleno y sin un discurso preparado. El amor de una madre también nos reconoce así.
Con ella puedes dejarte abrazar
Hay días en los que necesitamos que alguien nos cuide.
Hemos respondido a los mensajes, hecho lo que debíamos y escuchado a los demás. Quizá incluso hemos sonreído. Después llega la noche y sentimos todo el cansancio que habíamos dejado a un lado.
En ese cansancio encuentra lugar la ternura de María.
María te consuela cuando estás triste. Te acuna, te acaricia el rostro, te abraza en la oscuridad. En la vida de fe, este amor materno puede ser íntimo y profundo: podemos confiarnos a ella, llevarle lo que nos pesa y permanecer en silencio sin sentirnos obligados a explicarlo todo.
Una madre también conoce el lenguaje del llanto.
Quizá sea precisamente eso lo que nos conmueve: ante María podemos volver a ser hijos. También de adultos, cuando todos esperan que sepamos arreglárnoslas. También cuando somos nosotros quienes cuidamos de la familia, tranquilizamos y buscamos soluciones.
Seguimos necesitando que nos abracen fuerte.
Su maternidad nos permite confiarle también esta parte de nosotros, tan frágil y tan humana.
Tu felicidad también le importa
Después están los días buenos.
Una noticia esperada, alguien a quien volvemos a encontrar, un amor que crece. El alivio después de una preocupación. Un pequeño logro que para otros cuenta poco y para nosotros significa muchísimo.
María también está ahí. Comparte nuestra alegría en la luz.
Es bonito imaginarla participando de nuestra felicidad, como una madre cuando ve sonreír a su hijo. Podemos llevarle las cosas buenas sin esperar a la próxima dificultad para buscarla.
En Caná, durante una boda, María se da cuenta de que falta vino. Está atenta a lo que podría perturbar la alegría de los esposos y se lo cuenta a Jesús. El Evangelio nos muestra su cuidado dentro de un día de fiesta.
Hay una delicadeza maravillosa en ese gesto.
La Virgen a quien invocamos en los momentos más duros también se preocupa por la alegría de una familia. Y nos conduce hacia Jesús con palabras sencillas y decisivas: «Haced lo que él os diga».
La mujer más poderosa del mundo
Su ternura tiene una fuerza inmensa.
María acogió a Jesús con su sí. Lo llevó en su seno, lo crió y lo siguió. Al pie de la cruz permaneció junto a él en el dolor más profundo.
La madre que nos consuela conoce el precio del amor.
Por eso, cuando pensamos en su fuerza contra el mal, podemos empezar aquí: en su unión con Jesús, en su fidelidad y en su maternidad, que sigue acompañando a sus hijos. La Iglesia reconoce la fuerza de su intercesión, que procede enteramente de la salvación ofrecida por Cristo.
La dulzura de María nos da valor para confiarnos a ella. Su fuerza nos sostiene en la batalla.
Porque el mal hiere de verdad. Entra en las relaciones a través de la crueldad, la mentira y el deseo de humillar. Alimenta rencores, divide familias y empuja a tratar a las personas como si no tuvieran valor.
El amor materno de María nos lleva en la dirección contraria: hacia Jesús, hacia la verdad y hacia el bien que todavía podemos elegir y hacer.
También cuando volver a empezar cuesta.
El Rosario, la fuerza de volver a ella
Un rosario entero cabe en una mano.
Puede estar en el bolsillo de un abrigo o junto a la cama. Puede llevar años en nuestra familia y guardar el recuerdo de alguien que rezaba por nosotros.
Esas cuentas han acompañado a generaciones: madres preocupadas, jóvenes que buscaban un camino, personas enfermas, familias agradecidas. Millones de nombres han encontrado lugar en una misma oración.
También los nuestros pueden encontrarlo.
El Rosario nos acompaña por la vida de Jesús junto a María. Al contemplar los misterios, nos detenemos en su nacimiento, su misión, su Pasión y la gloria de la Resurrección. Y ponemos ante él lo que estamos viviendo.
Es una oración poderosa contra el mal porque nos mantiene orientados hacia Cristo y su victoria.
Cuando en la devoción decimos que el Rosario destruye el mal, expresamos esta confianza: se puede combatir el mal, el pecado puede ser perdonado y un corazón puede cambiar. Podemos pedir fuerza para apartarnos del odio, resistir una tentación y proteger a quienes están heridos.
La oración también nos sostiene mientras afrontamos lo que duele y buscamos la ayuda que necesitamos.
Un rosario entre las manos puede acompañar un paso difícil. Y después el siguiente.
En un avemaría cabe toda la vida
«Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».
Quizá hayamos pronunciado estas palabras miles de veces. Sin embargo, cuando nos detenemos a escucharlas, descubrimos cuánto tienen que ver con nosotros.
Ahora.
En el lugar exacto donde estamos. Con lo que hoy nos preocupa, con la gratitud de hoy y con las decisiones que tenemos delante.
Confiamos a María este momento y después toda nuestra vida, hasta su última hora. Le pedimos que nos acompañe a lo largo del camino.
La repetición de las avemarías puede convertirse en el ritmo de esta confianza. Cuando nos distraemos, volvemos. Cuando estamos cansados, seguimos con sencillez. Cuando no sabemos qué decir, tenemos una oración en la que descansar.
Un niño busca una y otra vez la mano de su madre, incluso en un camino conocido.
En el Rosario podemos recuperar esa confianza: dejarnos acompañar, paso a paso.
Madre de todas las madres
Una madre que confía a su hijo a la Virgen le entrega lo más precioso que tiene.
En ese gesto están el amor, la esperanza y el miedo a no poder protegerlo lo suficiente. También hay preguntas que a menudo permanecen ocultas para los demás.
María conoce la maternidad en la alegría y en la angustia. Buscó a Jesús en Jerusalén. Lo siguió hasta el Calvario.
Por eso tantas madres se sienten comprendidas por ella.
Las que esperan un bebé. Las que acogen mediante la adopción. Las que afrontan solas responsabilidades enormes. Las que pasan la noche junto a un hijo enfermo y por la mañana aún encuentran fuerzas para acariciarlo.
Y las madres que han perdido a un hijo: ante ese dolor, la presencia de María al pie de la cruz se vuelve especialmente cercana.
Ser madre de todas las madres también significa esto: poder confiarle un amor demasiado grande para contarlo por completo.
Su maternidad también nos alcanza como hijas. Cuando nuestra madre envejece y empezamos a preocuparnos por ella. Cuando querríamos hacerle la vida más fácil. Cuando la echamos de menos y deseamos escuchar su voz una vez más.
En la relación con María también encuentra lugar esa necesidad de amor que seguimos llevando dentro.
Reina de la paz, madre de una humanidad herida
La paz tiene el rostro de los niños que pueden dormir a salvo.
De las familias que vuelven a casa. De las personas que pueden encontrarse sin miedo. De las madres que por fin reciben la noticia que esperaban.
Cuando la Iglesia invoca a María como Reina de la Paz, le confía estas vidas concretas.
Juan Pablo II presentó el Rosario como una oración por la paz y por la familia, e invitó a quienes lo rezan a convertirse también en constructores de paz.
La maternidad de María nos ayuda a abrir el corazón: a ver en los demás a alguien que merece protección y cuidado. A tomarnos en serio el sufrimiento de una familia lejana. A preguntarnos cómo podemos ayudar.
Y también llega a nuestros hogares, donde la paz a veces se ha desgastado entre palabras duras y silencios.
Rezar puede ser el comienzo de un gesto diferente. Escuchar. Buscar un camino justo. Reconocer una herida. Ofrecer nuestra presencia.
La ternura recibida se convierte en ternura ofrecida.
Nuestra madre permanece
Vuelvo a aquel sueño de hace veinte años.
A la nube negra que me perseguía, a la puerta hacia la que corría. Y a aquella voz dulce y amable: «Tienes que rezar el avemaría».
En el sueño lo recé y la nube desapareció. El recuerdo ha permanecido conmigo.
Hoy lo pongo junto a lo que siento más profundamente de María: su fuerza y su dulzura pueden estar en un mismo abrazo.
La mujer más poderosa y maravillosa del mundo es nuestra madre. Aquella con quien podemos compartir una alegría y a quien confiar un miedo. Con quien podemos llorar sin vergüenza y volver a sonreír.
El Rosario nos ofrece cada día un tiempo para estar con ella y, junto a ella, con Jesús.
Podemos tomarlo entre las manos llevando en el corazón a una persona, una pregunta, un agradecimiento. Podemos empezar también después de mucho tiempo.
Como hijos que vuelven a su madre y saben que pueden contárselo todo.


