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¡JESÚS, QUÉ REVOLUCIÓN!

EL BEBÉ LLORA EN MISA. ¿CÓMO LO MIRAMOS NOSOTROS?

Primero prueba con el chupete. Después con la mano en la espalda, el movimiento del cochecito y un susurro que debería calmarlos a los dos. El bebé sigue llorando. Ella levanta los ojos para ver adónde podría moverse y se encuentra con una mirada. No sabe si expresa fastidio. Mientras tanto, ya siente que sobra.

Jesús bendice a los niños: estampa de 1891 conservada en la Library of Congress.

Es una escena en la que alguien reconocerá su propio domingo. Otros recordarán el esfuerzo de seguir una lectura mientras un ruido ocupaba toda la iglesia. Ambas experiencias pueden ser ciertas. ¿Por dónde empezamos para que la celebración no se convierta en una prueba de resistencia o en un examen para quien llega con un niño?

El Evangelio no nos entrega un reglamento de cochecitos. Sí nos muestra cómo reacciona Jesús cuando alguien intenta mantener alejados a los pequeños. Y esa manera de mirar merece entrar también en nuestras comunidades.

En el Evangelio, los niños no son una interrupción que eliminar

En Marcos 10,13–16, unas personas llevan niños a Jesús para que los toque. Los discípulos las reprenden. Al verlo, Jesús se indigna y pide que dejen acercarse a los niños. El relato termina con su abrazo y su bendición.

El texto reconoce a los pequeños un lugar en el encuentro. No dice que puedan acercarse únicamente cuando sepan comportarse como adultos. Jesús habla también de acoger el reino de Dios: en la escena, los niños tienen algo que enseñar a quienes creían controlar el acceso.

De ahí nace una reflexión para nosotras. Cuando entra una familia, ¿vemos solo una posible molestia o a unas personas que desean estar allí? Un niño todavía no dispone de todas las herramientas para comprender, esperar y regular la voz. El adulto que lo acompaña puede estar esforzándose mucho en ayudarlo.

Una cara puede acoger antes que una palabra

No siempre hace falta intervenir. Una expresión tranquila, un poco de espacio en el banco o un comentario que nos ahorramos pueden aliviar un momento difícil. Una madre o un padre no necesitan recibir consejos educativos de cada persona presente.

También la ayuda práctica se ofrece, no se impone. Sujetar una puerta, indicar un lugar accesible, preguntar si hace falta una mano con una bolsa. Coger al niño o tocarlo sin preguntar puede añadir un problema, aunque la intención sea buena.

No sabemos qué noche ha pasado esa familia. Desconocemos posibles dificultades, discapacidades o necesidades particulares. Mirar con respeto significa dejar espacio para lo que ignoramos, sin inventar un diagnóstico ni asignar enseguida una culpa.

Acoger también implica organizarse mejor

Una comunidad puede preguntarse si la entrada es accesible, si cabe un cochecito sin bloquear el paso o si existe un lugar digno para cambiar a un bebé. Detalles muy concretos pueden facilitar la participación.

Si hay un espacio próximo a la celebración, puede ofrecerse con claridad y amabilidad. La diferencia está también en el tono: proponer una opción a quien la necesita no equivale a señalar dónde deberían desaparecer las familias. Las soluciones dependen del edificio y deben acordarse con la parroquia.

En una celebración de bautismos del 7 de enero de 2018, Francisco habló con naturalidad del llanto de los niños y de sus necesidades. Era un contexto concreto, la Capilla Sixtina. No deducimos de él una norma para cualquier situación; reconocemos una atención pastoral que considera a los pequeños personas presentes, con voz y cuerpo.

¿Y si tú eres la de la bolsa llena de cosas?

Puedes informarte antes sobre los espacios disponibles y elegir un sitio desde el que moverte sin demasiada dificultad. Si necesitas salir unos minutos para calmar al bebé, eso no constituye una sentencia sobre tu capacidad de educarlo. Y si vuelves a sentarte, mereces encontrar un lugar.

El cuidado incluye también a los demás: quien oye poco, quien tiene dificultades para concentrarse, quien vive una especial sensibilidad al ruido. Buscar equilibrio requiere colaboración. No ayuda fingir que todas las necesidades son idénticas; sí ayuda tratar cada una con respeto.

Quizá el próximo domingo vuelvas a escuchar un llanto. Antes de girarte, recuerda que al otro lado hay alguien intentando estar allí. Tu mirada puede que no consiga callar al bebé. Pero podría permitir que un adulto respire y se sienta todavía parte de la comunidad. También eso es una manera concreta de acoger.

FUENTES Y LECTURAS

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