Todos los colores de la vida. Dios en el corazón.

LA FE TIENE VOZ

Sor Rosemary llega a una escuela de costura. Y no sabe coser.

Cuando destinan a sor Rosemary Nyirumbe a la escuela de costura St. Monica’s, en Gulu, Uganda, acaba de terminar sus estudios y no sabe coser. En una entrevista publicada por el Berkley Center de la Universidad de Georgetown, cuenta que había estudiado desarrollo y ética y que, al llegar allí, decidió aprender a coser por su cuenta. Tenía un oficio que aprender. Poco después tendría que averiguar también cómo hacer sitio en la escuela a quienes, con las normas de antes, no podían asistir.

Máquina de coser sobre una mesa, fotografía ilustrativa

Rosemary es una religiosa ugandesa de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús. En el norte de Uganda, el conflicto con el Ejército de Resistencia del Señor había trastocado la vida de muchas familias. Algunas de las alumnas que conoció en Gulu habían sido secuestradas por los rebeldes. Se enteró en la escuela, escuchándolas. También vio de qué poco sirve un programa, por bien pensado que esté sobre el papel, si pasa por alto lo que le impide a una chica sentarse en clase o quedarse hasta el final.

Una invitación por la radio

Rosemary cuenta a Georgetown que, al año siguiente, difundió un anuncio por la radio. Invitaba a St. Monica’s a las chicas que habían vuelto del cautiverio y querían estudiar. Podían venir aunque estuvieran embarazadas y, si tenían hijos, podían traerlos.

Lo que se te queda grabado viene justo después. Las chicas llegaron con sus hijos. Mientras las madres estaban en clase, alguien tenía que cuidar de los pequeños. Rosemary reconoce que no había pensado lo suficiente en esa parte. Contrató a una mujer y puso en marcha un servicio de cuidado infantil bajo un árbol. Después contrató a una segunda persona. Con el tiempo, recuerda, aquel primer intento dio paso a espacios dedicados al cuidado y a la educación de los niños.

Una cosa es decirle a una chica que puede estudiar y otra, hacer que de verdad pueda hacerlo. Para lo segundo hace falta alguien que cuide a su hijo mientras ella aprende, un lugar donde dejarlo y la tranquilidad de saber que podrá ir a buscarlo. Es fácil pasar por alto esa parte si la historia se queda en la valentía de hacer el anuncio. El trabajo empieza cuando quienes lo oyen se toman en serio la invitación.

El uniforme que las chicas no querían

Hubo algo más que Rosemary entendió porque se lo dijeron las alumnas. Había mandado construir un alojamiento para las madres jóvenes y sus hijos. Las chicas le hicieron saber que vivir separadas les hacía sentir que las demás las veían únicamente como madres. Y llevar un uniforme diferente hacía que se las reconociera enseguida. Rosemary pensaba que les había ofrecido algo útil. En la entrevista recuerda la sorpresa de descubrir cómo lo estaban viviendo ellas.

Cambió el uniforme y les dio la opción de mudarse a la residencia con las demás. Según cuenta, todas eligieron hacerlo. Ese detalle dice más que una larga descripción de la escuela: las chicas supieron explicar qué no funcionaba y lo que dijeron cambió una decisión que afectaba a sus vidas.

Los niños seguían teniendo su sitio. Las alumnas podían compartir la vida con las demás chicas, con el mismo uniforme y en los mismos espacios. Al leer esta parte, una se acuerda de cuántas veces una solución parece perfecta a quien la ha organizado. Quien lleva ese uniforme cada día sabe lo que se siente al entrar en clase con una diferencia que no ha elegido.

Una escuela que aprende de sus alumnas

En Gulu, aprender también tenía que ver con la manera de convivir en la escuela.

En el relato de Rosemary aparece una mujer capaz de tomar una decisión difícil y también de volver sobre ella. Lo segundo es más fácil de pasar por alto. Una vez construido el alojamiento y organizado todo, habría sido comprensible querer defender el trabajo hecho. Ella cuenta, en cambio, el momento en que las chicas le explicaron que preferían otra cosa.

La costura sigue ahí. Sewing Hope, la fundación que apoya el trabajo de Rosemary, presenta la costura como una de las habilidades que las chicas pueden adquirir, junto a otras actividades prácticas. Por eso vale la pena volver al principio: aquella mujer que al llegar no sabía coser tenía delante a unas chicas que buscaban la forma de seguir aprendiendo. A veces había que cambiar una clase. Otras veces había que organizar de otra manera el día entero.

La fe aparece en la razón por la que Rosemary dice que eligió su congregación: le había impresionado cómo las hermanas cuidaban de quienes eran más vulnerables, empezando por los niños. En Gulu esa decisión tomó formas muy concretas. Una clase de costura. Alguien que cuida a los pequeños. Un uniforme como el de las compañeras. La historia empieza con una religiosa que se pone a aprender a coser. Lo que acaba quedándose contigo es que también se puso a aprender de quienes habían ido allí a estudiar.

FUENTES Y LECTURAS

Créditos fotográficos

¿OTRA HISTORIA?