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¡JESÚS, QUÉ REVOLUCIÓN!

ÉL TRABAJA UNA HORA. TÚ TODO EL DÍA. ¿EL MISMO SUELDO?

La primera reacción sale casi sola: un momento. Yo estoy aquí desde esta mañana. He hecho el turno largo, he soportado el calor, he trabajado mientras los demás seguían fuera. ¿Ahora llega uno que apenas ha trabajado una hora y recibe lo mismo que yo?

Vides en Chardonne, Lavaux, fotografía de contexto para la parábola de los trabajadores de la viña

Si la parábola de los trabajadores de la viña te produce esa sensación, has entrado en el relato. Jesús eligió una situación que toca un punto sensible: comparar lo que hemos dado con lo que recibe otra persona. Basta acercarla a un día cualquiera. El compañero al que premian, el hermano al que ayudan, esa persona a la que todo parece resultarle más fácil.

Una tarde, al recibir el salario

En Mateo 20,1–16, el dueño de una viña busca trabajadores en distintos momentos del día. Con los primeros acuerda un denario. Al atardecer, también los últimos reciben esa cantidad, y quienes empezaron antes esperan cobrar más. Cuando no ocurre, protestan.

Su reacción resulta comprensible. Nos sale contar las horas, imaginar el cansancio y hacer proporciones. Pero el dueño no les quita a los primeros lo acordado: decide ser generoso también con los demás. Su bondad se convierte precisamente en lo que a los primeros les cuesta aceptar.

Hay otro detalle que merece atención. Los hombres que siguen en la plaza explican que nadie los ha contratado. No sabemos mucho más de sus vidas. Despacharlos como vagos sería añadir al Evangelio una certeza que el texto no ofrece.

Antes de llevarla a la oficina

Esta página no autoriza a un empleador a considerar irrelevantes el esfuerzo, los derechos o la remuneración justa. Las cuestiones salariales necesitan justicia, acuerdos respetados y protección. A quien denuncia explotación no se le puede hacer callar invocando la generosidad.

Jesús está hablando del reino de los cielos. En el Ángelus del 24 de septiembre de 2017, Francisco explicó la recompensa común como salvación y vida eterna: Dios llama a todos y quiere ofrecerles la plenitud de la vida. Ahí la parábola nos desconcierta. ¿Podemos vivir nuestra relación con Dios como una cuenta en la que cada fidelidad acumula crédito frente a otros?

Una vida de fe cuenta, naturalmente. Las decisiones tienen consecuencias y el amor pide respuesta. Pero ¿podemos hacer el bien sin convertirlo en una clasificación de personas que merecen más o menos amor? La pregunta alcanza nuestra manera de mirar a quien vuelve a la fe después de muchos años.

Cuando el bien ajeno parece quitarnos algo

Quizá conoces esa pequeña incomodidad: te alegras por alguien y, al mismo tiempo, una parte de ti hace cuentas. Tú has esperado mucho. Tú has renunciado. Tú has sostenido cosas difíciles. Cuesta admitirlo, porque nos gusta imaginarnos generosas sin vacilaciones.

Podemos empezar con sinceridad. Reconocer el malestar y llevarlo a la oración con palabras sencillas. Detrás de la comparación puede haber también un cansancio que necesita escucha. Si siempre te sientes relegada, fingir entusiasmo no resolverá la cuestión. Conviene comprender qué te falta y hablar con quien pueda responder.

Mientras tanto, podemos observar el momento en que la alegría ajena se convierte en una pérdida personal. La buena noticia de una amiga no borra el valor de tu esfuerzo. El perdón ofrecido a otra persona no vuelve inútil tu fidelidad. Dios no necesita amar menos a ella para demostrar que le importas tú.

¿Y si también llegamos tarde a veces?

Hay ámbitos en los que nos sentimos entre los primeros y otros en los que llevamos mucho esperando que alguien confíe en nosotros. Un trabajo retomado. Una relación que necesita reparación. La vuelta a la oración tras años de distancia. Desde ese lado de la plaza, recibir una oportunidad tiene otro sabor.

En la catequesis del 4 de junio de 2025, León XIV se detuvo también en la experiencia de sentirse inútiles o poco reconocidos. El dueño sigue saliendo a buscar personas. La lectura cristiana del relato conserva ese movimiento de Dios hacia nosotros, incluso cuando pensamos estar fuera de tiempo.

No sabemos qué papel se parecerá más al nuestro mañana. Por eso merece la pena releer la parábola antes de decidir demasiado deprisa quiénes somos y quiénes son los demás.

Podemos practicar con un gesto sencillo: hacer una pregunta sincera a quien ha recibido una buena noticia. ¿Cómo estás viviendo esta oportunidad? ¿Qué te ilusiona? Escuchar devuelve a una persona entera, con una historia más amplia que la ventaja observada. La comparación no desaparece por magia, pero la relación puede recuperar espacio.

La próxima vez que una buena noticia te lleve a revisar todas las cuentas, tómate un momento. Agradece sin fingir. Reconoce tu esfuerzo sin medirlo con la vida ajena. Y deja abierta una pregunta: ¿puedo desear que Dios sea generoso también cuando su generosidad supera las proporciones que yo había imaginado?

FUENTES Y LECTURAS

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