MARÍA, YA NO ENTIENDO A MI HIJO. ¿CÓMO LO HICISTE TÚ?
En el Evangelio, María hace una pregunta angustiada. Y el relato dice que ella y José no comprenden la respuesta: una página para leer sin idealizar a las familias.

Habías imaginado un camino. Quizá ni siquiera se lo habías contado entero, pero estaba ahí: los estudios, las amistades, la fe, esa manera de vivir que te parecía buena para él. Después tu hijo empieza a elegir y ya no entiendes hacia dónde va.
Amarlo no te entrega automáticamente la llave de sus pensamientos. En el Evangelio hay una escena en la que también María y José buscan, preguntan y se quedan sin comprender de inmediato.
Una pregunta llena de angustia
En Lucas 2,41-52, Jesús, de doce años, permanece en Jerusalén mientras sus padres emprenden el regreso. Cuando advierten su ausencia, vuelven a buscarlo. Lo encuentran en el templo, entre los maestros.
María le pregunta por qué ha hecho eso y le cuenta su angustia. Jesús responde refiriéndose a su Padre. El texto precisa que sus padres no comprenden sus palabras; después narra el regreso a Nazaret y cómo María guarda lo ocurrido.
No es una receta para gestionar una discusión
Esta página revela la relación única de Jesús con el Padre. No convierte automáticamente en correcta cada decisión de un adolescente ni propone que los padres renuncien a su responsabilidad y protección.
En Redemptoris Mater, Juan Pablo II la lee dentro del camino de fe de María. Para nosotros puede abrir una reflexión: la cercanía y el amor no siempre coinciden con la capacidad de comprenderlo todo enseguida.
Guardar en el corazón no significa dejar de hablar
Puedes hacer una pregunta sin conocer ya la respuesta que quieres obtener. Puedes nombrar una preocupación concreta: un comportamiento, una situación, un riesgo. Es distinto de resumir a todo tu hijo en la frase que te salió durante una discusión.
Y puedes escuchar incluso cuando lo que oyes te desconcierta. Eso no obliga a aprobarlo todo. Pero permite que la conversación exista sin convertirse enseguida en un juicio a la persona que tienes delante.
Los padres también pueden no saber
Si tienes responsabilidades educativas, pedir otra mirada no es rendirse. En una situación peligrosa, cuidar exige intervenir de forma concreta, no esperar confiándolo todo solo a la oración. En las distancias cotidianas, en cambio, puede haber espacio para volver a conocerse.
Quizá hoy puedas empezar así: «Esto me preocupa. Antes de decirte todo lo que pienso, quiero entender cómo lo estás viviendo». Después, deja tiempo para responder. También un silencio puede necesitar paciencia.
Tu pregunta también puede entrar en la oración: María, ayúdame a buscar a mi hijo para encontrarme con él, no solo para devolverlo al camino que yo había imaginado.


